Una de las cosas más provechosas que hice durante el encierro consecuencia de la consabida pandemia fue repasar con detenimiento la lógica matemática. En particular, leyendo meticulosamente de tapa a tapa la Introduction to Mathematical Logic de Walicki.
Una de las cosas más provechosas de la lógica matemática es la diferencia entre formalismos (p.e., la lógica proposicional) y sus distintos modelos, que la representan mejor o peor:
La especificación de un dominio de objetos y de unas reglas para interpretar los símbolos del lenguaje lógico sobre dicho dominio de tal manera que todos los teoremas de la teoría lógica son ciertos es a lo que se llama un modelo de la teoría.
Uno aprende, por ejemplo, que la mecánica newtoniana no es incorrecta o una aproximación. Es otra cosa. Es un formalismo que tiene diversos modelos a los que aplica y otros —eminentemente, la descripción de la órbita de Mercurio— a los que no.
El motivo de esta entrada, sin embargo, ha sido una serie de reflexiones acerca de la economía académica vs la economía vivida, mi propia experiencia como agente económico. La una no deja de ser un formalismo donde, poco más o menos, los agentes económicos son esféricos (como aquella vaca de la que se pretendía medir el volumen en el chiste). Que sea o no un modelo ya no válido sino decente de mis interacciones es un problema exclusivamente mío y de mi círculo más próximo. Pero invito a mis lectores, sobre todo a los más versados en el formalismo económico, a ponderar su grado de validez en su particular día a día.