Un reciente artículo de The Economist, Europe buys the future, America builds it, cierra con una escena estupenda: después de varios párrafos discutiendo sobre el PIB en sus distintas manifestaciones, la productividad, la renta per cápita y el nivel de vida relativo entre Europa y EEUU, los dos protagonistas del debate, Paul Krugman y Luis Garicano, acaban proponiendo (variantes de) un experimento manifiestamente precientífico:
- Krugman, el test del paseo: si Europa se está empobreciendo tanto como algunos dicen, ¿por qué resulta tan agradable pasear por sus ciudades?
- Garicano, el del viaje en coche: las ciudades europeas podrán ser más bonitas, pero basta conducir por un suburbio americano para comprobar dónde está realmente la riqueza.
Es decir, después de siglos de desarrollo de la estadística pública, dos economistas de primer nivel acaban sugiriendo zanjar el debate mirando por la ventanilla.
Tómese un artículo que poco tiene que ver con la presente discusión, otro de The Economist de 2022 sobre la evolución económica del Reino Unido desde 2007, y cuya tesis es que la evolución económica del RU ha sido extraordinariamente mala comparada con la de países similares. Se apoya fundamentalmente en el siguiente gráfico:

Pero su autor no se queda en eso y abunda:
Si bien no hay un indicador único e integral para medir el bienestar nacional, los cambios ocurridos en Gran Bretaña desde 2007 la posicionan al final, o cerca del final, de este grupo en una gran diversidad de indicadores económicos.
Muchos otros analistas, directamente, dan por sentada la relación. El PIB (per cápita), en el fondo, es un indicador sintético que tiene la curiosa propiedad de correlacionar positivamente con la mayor parte de los indicadores habitualmente considerados positivos y negativamente con la mayor parte de los habitualmente considerados negativos. Los países más ricos suelen disfrutar de mayor esperanza de vida, menor mortalidad infantil, mejores resultados educativos, menores tasas de homicidio, mayor innovación, instituciones más sólidas y, hasta cierto punto, mayores niveles declarados de satisfacción vital. Como toda correlación, admite excepciones; pero el patrón general es extraordinariamente robusto.
Precisamente por eso el PIB ha sobrevivido a tantos intentos de sustituirlo.
Hace ya casi veinte años el gobierno francés encargó a la Comisión Stiglitz-Sen-Fitoussi que propusiera nuevas formas de medir el progreso económico y social. Poco después proliferaron índices de bienestar, felicidad o desarrollo integral, desde el famoso índice de felicidad de Bután hasta innumerables variantes académicas. Pero si el nuevo indicador se parecía mucho al PIB, apenas añadía información; por el contrario, si se alejaba demasiado de él, dejaba de correlacionarse en el sentido esperado con muchas de las variables relevantes.
No es casualidad. Como argumenta Cremieux en The boring reason GDP is inevitable, la importancia otorgada al PIB no refleja un sesgo de los economistas, sino que es capaz de resumir sorprendentemente bien una enorme cantidad de información acerca de una economía.
El debate entre Krugman y Garicano al que se refiere el primero de los artículos citados de The Economist, superficialmente, parecería una discusión metodológica sobre cuál es la forma correcta de comparar Europa y EEUU. En realidad, es reflejo de una discusión política. Krugman simpatiza desde hace décadas con el modelo social europeo. Si quiere defender la conveniencia de importar algunos de sus elementos a los EEUU, necesita convencer a su público de que Europa no es en realidad tan pobre como sugieren determinadas estadísticas. Garicano, por el contrario, lleva años insistiendo en que Europa necesita reformas profundas orientadas al crecimiento (informe Draghi, etc.). Para defender la imperiosa necesidad de esa agenda le conviene hacer hincapié en la creciente brecha económica entre Europa y EEUU. Así que ambos intentan arrimar el ascua estadística a su sardina política.
Lo estupendo de la cosa es aquello con lo que abría la entrada: tras una larga discusión metodológica, ambos acaban apelando a la inspección ocular: salga usted a pasear (o conduzca durante media hora) y luego decida.
Recuérdese (¿sépase?) que antes del nacimiento de la estadística moderna, los gobiernos apenas disponían de información cuantitativa sobre sus propios territorios (y qué decir de los ajenos). Dependían de embajadores, comerciantes, militares, inspectores y viajeros. De ahí, por ejemplo, las Relaciones Topográficas de Felipe II. Las expediciones científicas de Jorge Juan o de Alejandro Malaspina produjeron informes donde se mezclaban observaciones económicas, sociales, geográficas y militares. Eran descripciones cualitativas del mundo destinadas a ayudar al gobierno a leer (en el sentido de James C. Scott) el territorio.
Y, sin embargo, cuando la pregunta pasa de ser “¿ha crecido el PIB?” a “¿dónde se vive mejor?” o “¿qué sociedad está prosperando realmente?”, incluso los economistas más prestigiosos terminan proponiendo exactamente el mismo método que empleaban los inspectores de hace trescientos años: «veni, vidi, didici».