En una economía moderna, hay dos: la real y la monetaria. Ambas tienen vida independiente —como el cuerpo y el alma cartesianos—, hasta que no. La última vez que miré, los economistas todavía no tenían muy clara la interconexión entre ambas economías: qué intervenciones en la monetaria tienen un impacto positivo en la real y cómo las crisis en la primera se trasladan —o no— a la segunda.

En la economía monetaria existe un solo bien, el dinero, muy legible, extremadamente fácil de medir y ponderar. Guarda además cierta correlación con los bienes de la economía real —a través de los precios— pero no se confunde con ellos.

Los argentinos saben mucho mejor que otros que si un agente comienza a imprimir billetes desaforadamente —en el caso argentino, su propio banco central—, el dinero pierde valor, cumple menos eficazmente su función e induce problemas en la economía real: nadie sabe cuánto valen las cosas, se congela el crédito, se gripa el motor de la creación de riqueza material.

Según parece, en las matemáticas también operan dos economías. La real, nos dicen, en la comprensión de los constructos matemáticos y la creación de otros nuevos. Pero esa economía real opera en paralelo a una economía monetaria más tangible basada en la demostración de teoremas y la resolución de problemas. Uno no puede postularse a catedrático de matemáticas alegando que alberga en su cerebro la explicación de muchos conceptos abstrusos. Eso es precisamente lo verdaderamente relevante de las matemáticas, según algunos. Pero no es un tipo de conocimiento legible, fácil de medir y ponderar. Lo que un tribunal exige es «parné matemática»: haber demostrado teoremas, solucionado problemas, publicado artículos.

Reitero: no es lo que los matemáticos consideran central en su trabajo —algo en lo que han comenzado a hacer especial hincapié hace un par de semanas— pero que se dice que ha venido correlacionando históricamente con lo que sí es.

Pero las IAs están generando una hiperinflación en la economía monetaria de las matemáticas y esta, al parecer, ha desencadenado una crisis casi existencial en la disciplina entera.

La solución a muchas hiperinflaciones ha conllevado la creación de nuevas monedas y la acción decidida de los bancos centrales. Las matemáticas carecen de ellos y, por lo tanto, no cuentan con un mecanismo de coordinación que diseñe un nuevo sistema monetario y trate de restablecer los flujos naturales de su particular «economía real».

En todo caso, el mejor desenlace que tal vez podría esperarse para quienes observamos el espectáculo desde la barrera es constatar que los matemáticos, a pesar de sus declaraciones, son un medio y no un fin, que no son estrictamente necesarios para el florecimiento de la humanidad y que podemos ser todos tanto o más felices si su número se ajusta a la utilidad que derivamos de ellos.