Las calculadoras no eliminaron la aritmética, solo desplazaron su valor: el cálculo exacto perdió relevancia frente al razonamiento sobre los órdenes de magnitud y, más en general, al «numerismo». La IA ha acelerado esa reorientación. Incorporarla adecuadamente exige mantener ciertas habilidades operativas manuales, pero solo en la medida en que sirven para asentar los conceptos importantes, no para replicar tareas que las máquinas hacen mejor.
Un estudio con 27.000 alumnos chinos sugiere que la IA puede mejorar las notas de deberes pero empeorar las de los exámenes si se usa sin criterio. Parece que la IA aumenta la productividad del aprendizaje solo para quienes la usan inteligentemente.
Los modelos abiertos están cerrando la brecha con los más avanzados y algunos modelos locales y pequeños igualan a los grandes en consultas sencillas a una fracción del coste. OpenAI o Anthropic podrían tener problemas.
Se habla mucho de los centros de datos en EEUU y de los no-centros de datos de España. Semianalysis nos cuenta lo que ocurre en China: que estas infraestructuras se expanden tan espectacularmente como cabría esperarse.
Ann Coulter argumenta que las llamadas a regular la IA por riesgo existencial son un caso clásico de captura regulatoria «à la Stigler» para crear un cártel. Antecedentes en mano, sugiere que el objetivo último del alarmismo de Amodei, Altman y Jacob Coxon es ahogar la competencia.
«Si el veinteañero [Jacob] Coxon es experto en algo —aunque sea accidentalmente—, es en propagar el pánico». El artículo enlazado contiene muchas ideas sensatas sobre los recientes augurios acerca de potenciales IAs desaforadas. Pinker y Nicholas Decker también han escrito muy provechosamente al respecto.
Mientras, los expertos de Metaculus discrepan sobre la magnitud de la probabilidad de extinción: del 2% de la población general (de Metaculus) al 10% y hasta el casi 40% de determinadas subcomunidades. Además, las probabilidades dependen de manera inconsistente de la forma concreta en que se formula la pregunta. Se adivina en estos resultados la endogamia «racionalista» y «efectiva-altruista» dentro de la industria de la IA a la que Andrew Sharp atribuye la actual ola de pánico.
The Economist sostiene que los medallistas de las olimpiadas de matemáticas, física e informática han desplazado al ejecutivo tipo Davos-McKinsey como élite capitalista: dominan las principales empresas del sector de la IA y han fundado startups como Databricks, Cursor o Perplexity, además de firmas como Jane Street. Añade que la crisis sobre la seguridad de la IA es un subproducto espurio de esa tribu racionalista, meritocrática y globalizada, más inteligente que sabia.
Luis Garicano interpreta el incidente de Hugging Face desde la economía de los incentivos y de la perspectiva de la teoría de la organización institucional. Se sirve de ellas para proponer cinco medidas preventivas que algunos encontrarán originales.
Drew Housman relata cómo, tras seis años de «infertilidad inexplicada», usó ChatGPT como su «Dr. Reid» particular y el camino que le sugirió hasta lograr un feliz embarazo natural. Su artículo reivindica los beneficios que aporta la IA frente al actual discurso alarmista.
Emilio Torres ha creado un sistema para cotejar la factura de la electricidad y determinar si compensa cambiar a la tarifa PVPC. Con sus datos anuales, Emilio calcula que solo le compensaría el PVPC por debajo de 0,1297 €/kWh, mientras su media real sale a 0,1374 €/kWh. Ignoro cuánto habrá invertido en el análisis. Yo lo he replicado via Hermes en lo que se tarda en bajar los datos y redactar un goal de cuatro líneas:

Echo es un modelo especializado en la imitación del estilo de escritura entrenado por menos de 5.000 dólares sobre Kimi K3.