Los censos huelen a naftalina (y son muy caros)
Los censos huelen a naftalina. Eso de ir contando exhaustivamente cabezas, críos, cabras y cabañas ya lo hacía el rey David en su época.
Tampoco son operaciones no pequeñas. El último censo chino movilizó a seis millones de encuestadores y el de EE.UU. costó casi como el AVE a Valencia.

Coste (absoluto y relativo) de los últimos censos de diversos países europeos.
Sin embargo, eso de contar sin excepciones es un ejercicio de fuerza bruta propio de la oscura época pre-estadística. El progreso ha traído consigo dos cosas —buena la una, regular la otra—, que permiten replantear enteramente los censos.